Antes todo estaba bien, pero era mentira; ahora todo está mal, pero al menos es verdad

noviembre 23, 2019 2 Por admin

“Estaré bien, estaré bien” lo repites una y otra vez con los ojos llenos de rabia y tristeza, cuando todo se vuelve más negro de lo que pensabas que ya era suficientemente negro. A ratos dentro de toda esa oscuridad logras ver alguna luz que te da un respiro, y son esas islas de alegría las que te ayudan a sentir que no morirás emocionalmente en el proceso.

Empiezas a reprochar tus esfuerzos por hacer las cosas bien, porque siempre todo termina saliendo mal y caes cada vez más debajo de lo que creías que podías caer. Sientes ira de saber que cuanto más te esfuerzas, las cosas terminan peor. Y empiezas a mirar de reojo la posibilidad de volver a cómo era antes, cuando todo era mentira pero al menos estaba bien. Y la miras una y otra vez con esa sensualidad con la que te suele mirar ese escenario bello pero falso, sin terminar de convencerte de que pueda que sea la mejor opción.

Miras hacia adelante y conforme vas desfogando y volviendo a cometer cada vez más errores, vas viendo que tu camino se hace verdadero, que lo que sale a la luz es la verdad, empezando por el dolor, la tristeza, la rabia y todo lo demás. Y un día te empiezas a sentir más liviana, y aunque vuelvas a caer ya no importa tanto porque has aprendido a levantarte. Y cuando menos te das cuentas, estás diciendo las cosas que te molestan, poniendo límites a las personas que alguna vez dejaste que te hagan daño, y te empiezas a sentir firme y orgullosa de ti misma.

Empiezas a ver las cosas y las acciones a través de los ojos de los demás, empiezas a calcular escenarios también, pero para medir las acciones de los otros y empiezas a leer sus lenguajes, y a mirar sus intenciones, para estar alerta y poner límites si es necesario. Empiezas a valorar tu espacio, tus ganas, tu esfuerzo y tienes la certeza de que no permitirás otra vez dejar que alguien más te haga daño y te sientes firme en esa decisión.

Y nuevamente aparece alguien más que intenta hacerte daño, y lo asumes, lo observas, sientes nuevamente el dolor y esta vez ya lo conoces, sabes cómo se siente estar ahí y conoces también el camino de salida. Reniegas, lloras, te entristeces y al tercer día resucitas, y te empiezas a sentir mejor para continuar. Esta vez te das cuenta de que no lo necesitas y que no mereces una persona así, aun cuando regrese diciendo que está arrepentido. Sabes que mereces algo mejor y empiezas a mirarlo con ojos que te apenan, pensando toda lo que debe tener (o no tener) adentro para comportarse así. Y cuando menos te das cuentas estás deseando que él también aprenda lo que tú aprendiste, a hacerse responsable de sus propios vacíos y sus propias sombras, lo tomas de la mano, te despides con el corazón, agradeciendo de que te haya dado la oportunidad de tomar tú misma la decisión y lo dejas ir. Sigues con tu vida y a los pocos días te preguntan cuáles han sido los momentos más bonitos que has tenido en estos días, y te descubres recordando su despedida, lo fuerte que fuiste al caer y volver a levantarte, lo orgullosa que estás de ti de sentir que esta vez no dejarás que entre otra vez, porque ahora es tu decisión. Y sientes un calor a la altura del pecho, y eres capaz de abrazarte a ti misma, y de felicitarte y de sentir que no mereces mejor cariño que el tuyo, tu propio amor, sabiendo que estarás contigo siempre y contarás contigo de manera incondicional, tu cuerpo siente que ya no necesita a nadie más, porque estás aquí para ti y de manera incondicional. A esto llamo, un proceso de aprendizaje. Y todo vuelve a empezar, pero desde un lugar distinto.